¿Podemos dotar de mirada a la inteligencia artificial?
Esther Borrego Linares
Trabajadora social - Barcelona
Miembro de la Colegiata Nuestra Señora del Cielo
¿Cómo miramos a las personas? Aquí está la clave cuando nos ponemos delante de alguien, ya sea como profesional, voluntaria o simplemente como vecina. Sí, eso lo aprenderé muy pronto, seguramente en casa, quizás en aquellos paseos en los que, aun tímidamente, ya veíamos a personas de otros lugares, con otras costumbres.
Con los años, esta realidad se ha hecho más evidente en nuestro país y en el mundo: cada vez vemos más desigualdades con nombre e historia. Cada una corresponde a una persona, a una vida.
De repente, una mirada concreta me hizo entender lo que significa esta evidencia: la mirada de una mujer y de otras que, como ella, miran a cada persona reconociendo toda su dignidad, esa que nada ni nadie puede poner en duda y, mucho menos, arrebatar.
Sin estas miradas particulares, que nos recuerdan algo tan claro que deberíamos tener plenamente interiorizado —que toda persona tiene una dignidad por el simple hecho de existir—, el mundo se vuelve más frágil y genera más injusticia, más sufrimiento y más desigualdad.
Hace unos años, visitando una exposición sobre inteligencia artificial, me impresionó especialmente, entre otros aspectos, el testimonio de una mujer que mostraba cómo la IA discriminaba de forma recurrente determinados rasgos faciales en los sistemas de reconocimiento: al analizar rostros de mujeres frente a los de hombres, especialmente cuando se trataba de mujeres afrodescendientes. Por ejemplo, al presentar un currículum para un puesto de trabajo pueden concurrir dos motivos de discriminación: el género y el origen.
Ya nos alertan algunas personas expertas, como Enric Madrigal, de que no podemos seguir pensando que la tecnología es neutra: «No es un recipiente vacío esperando a ser llenado con ética». No podemos entenderla únicamente como un instrumento, sino como algo que «organiza el mundo desde un marco concreto y define qué aparece como relevante y qué queda relegado».
Ante esto, está claro que la IA puede posibilitar unas cosas y limitar otras, como el acceso de determinadas personas —en concreto, de mujeres con ciertos rasgos— a algunos puestos de trabajo. Así, las mujeres pueden verse fácilmente relegadas a tareas de cuidado y no acceder a puestos de dirección o liderazgo.
Todo ello lleva a constatar el conflicto que surge —y que ya vemos en el mundo en que vivimos— cuando «una cultura, comunidad o persona no encaja en esta visión o no quiere participar: rápidamente se la tacha de resistencia al cambio… Esto implica que otras formas de entender el tiempo, la presencia, el cuerpo, la comunidad, la palabra o el límite no son aceptados», como continúa señalando Madrigal.
Entonces me pregunto: si la tecnología ha sido creada por personas concretas, con determinadas características y una determinada visión del mundo, ¿no ha venido a resolver lo esencial?
Estamos en un momento decisivo y no podemos pensar que todo se resolverá por sí solo. Sabemos que la inteligencia artificial no es neutra, que refleja lo que somos como sociedad, y que, por ahora, lo hace desde un mundo lleno de conflictos y desigualdades. La IA puede apoyarnos en muchas tareas, pero no puede decidir hacia dónde queremos ir como humanidad. Debemos responsabilizarnos, colectivamente, de las decisiones que hay que tomar: de la sociedad que queremos construir, del mundo que queremos dejar a nuestros hijos e hijas, de las relaciones que queremos que nos constituyan, de cómo queremos que nos cuiden cuando lo necesitemos, de a quién queremos mirar y cómo queremos ser mirados.
En la primera encíclica del papa León XIV, Magnifica humanitas, se nos recuerda que «en la era de la inteligencia artificial, en la que la dignidad humana corre el riesgo de verse eclipsada por nuevas formas de deshumanización, tenemos el deber de permanecer profundamente humanos, custodiando con amor esa magnífica humanidad». Y aquí aparece otra clave para un mundo más humano: el amor. Es necesario un corazón abierto al otro.
Toda persona, se encuentre en la situación que se encuentre y lleve la mochila vital que lleve, cuando la miramos a los ojos nos permite descubrir la profundidad de una dignidad que permanece intacta, por mucho que haya sufrido o disfrutado, luchado, vivido, atravesado mares o, simplemente, una calle. Cada persona es y será inmensamente digna para los demás. Pero solo podemos verlo si somos capaces de mirar lo más profundo de ella. Y, si al mismo tiempo nos encontramos mutuamente en esa mirada, estaremos haciendo posible la construcción de un vínculo transformador.
Quizás debamos ser capaces de comprender y creer que solo desde una mirada amorosa hacia uno mismo y hacia el otro podremos ir construyendo estos vínculos, en nuestro trabajo diario y en nuestro camino por la vida. Entonces sí, solo entonces, nuestra aportación a un futuro mejor será posible y fecunda.
Creo, sinceramente, que solo una mirada limpia y amorosa puede ser la clave para reducir las grandes desigualdades que hemos generado. Pero mi incógnita sigue siendo esta: ¿cómo dotar de mirada a la tecnología? ¿Y cómo dotarlo de amor?
No tengo respuestas. No sabría por dónde empezar. Pero sí estoy convencido de que es necesario que seamos responsables en lo pequeño para poder generar cambios que hagan posible en otro mundo. Como nos decía el querido Arcadi Oliveres: «No podemos perder la esperanza».
Meditación


No hay comentarios:
Publicar un comentario