MARZO 2026


Sin contradicciones


Leticia Soberón
Psicóloga experta en comunicación colaborativa
Miembro de la Colegiata Ntra. Sra. del Cielo

Los seres humanos nos movemos entre deseos que son en cierto modo contradictorios: querer una vida estable pero también variada; desear la compañía de otros pero también la libertad del solitario; poder tomar rápidas decisiones pero añorar la seguridad de un entorno que defina nuestro hacer; querer una vida larga pero sin el deterioro de la vejez… y así un largo etcétera.

Parece que sucediera lo mismo en la vida de fe. Pero en el caso de las enseñanzas de Jesús, se conjugan de manera admirable elementos que pueden parecer contradictorios, pero que se armonizan en un todo más completo que lo imaginado por nosotros. Esta armonización surge de una experiencia vital de que el bien es posible; que todo ser humano puede ser más libre, más armonioso y más feliz si se abre a ese Otro que le sostiene, y a los demás que le rodean.

Veamos estos binomios que encuentran su acomodo si sabemos gestionarlos:


Ser humildes y tener grandes metas. La humildad —que es la verdad— nos hace más conscientes de nuestra realidad, con capacidades y límites. En la vida sobrenatural, la humildad es una virtud completamente indispensable para asumir que no somos dioses, que sólo Dios es Dios, y que Él nos sostiene en la existencia. Pues esa misma consciencia nos permite, como personas y como comunidades, tener altas metas. Eso significa promover el máximo bien de las personas en alguna de las infinitas maneras de hacerlo. Con intrepidez pero sabiendo que lo sustancial depende de Dios y de la libertad de esas personas. Nosotros somos sencillos colaboradores. Agradecer cada logro como un don, y asumir los errores o fracasos como ocasiones para aprender.

Invitar a crecer, respetando su libertad. Toda persona puede desplegar sus capacidades. Pero nadie puede forzar a nadie a crecer. Al apoyar a alguien en ese proceso, es necesaria una acertada combinación de estímulo y respeto. Animar respetando siempre su ritmo y maneras de comprender y actuar.

Abandonarse en Dios y tener iniciativa. Una cumbre de la vida de relación con Dios se da cuando tenemos «una sola voluntad» con Él. Eso significa que queremos lo mismo, sabiendo que es Él quien lleva la iniciativa. Pero eso no conduce a la pasividad. Por el contrario, se combina la total confianza en su Providencia, con una gran capacidad de organizar la acción del mejor modo posible. Jesús de Nazaret es el máximo ejemplo de total abandono y enorme iniciativa. Grandes santos y santas han sido ejemplo de ello a lo largo de la historia. Benito de Nursia, Francisco Xavier, Luisa de Marillac, Don Bosco, Maximiliano Kolbe, Teresa de Calcuta… Cuando se es uno con Dios, se actúa con enorme libertad, incluso respecto a las propias obras: no se queda uno atado a ellas.

Tratar a las personas con igualdad y a la vez personalizadamente. Sabemos que todo ser humano es digno de ser amado, simplemente porque existe. A todos, pues, debemos tratar con respeto y benevolencia. Pero las personas no son masa. Cada una es ella misma, tiene sus características, estilo, preferencias. Es imprescindible un trato personalizado. Y eso hace que a veces sea necesario dedicar más tiempo o más atención a unas que a otras. Además, la respuesta de cada persona al amor ofrecido, es distinta. Y a veces se establecen relaciones de mayor generosidad mutua que otras. No pasa nada. Jesús hizo eso sin ningún complejo, eligiendo a Pedro, Santiago y Juan para momentos de mayor confianza e intimidad. Eso no quitaba nada a los demás. El buen amor, sacia a todos.

Nada de esto puede lograrse en solitario. En primer lugar es imprescindible un vínculo con el Origen de todo: con Dios mismo. Contemplación, soledad, escucha. Y esto se hace siempre acompañados. Es una vocación comunitaria, no de personas aisladas. El camino de la armonización dura toda la vida, y ésta se da progresivamente conforme aprendemos a amar con alegría.





Meditaciones 



FEBRERO 2026

Seguimos siendo peregrinos de la esperanza


Patricia Castillo
Guatemala
Miembro de la Colegiata Ntra. Sra. del Cielo


El año recién pasado, 2025, vivimos en la Iglesia católica un Año Jubilar Ordinario. Sabemos por el Antiguo Testamento que en aquellas épocas el Pueblo de Dios cada 50 años hacía un alto, dedicaba un año al descanso de la tierra de la que Dios era el único dueño. La tierra volvía al Creador y se renovaba, los esclavos recuperaban su libertad.

En la era cristiana los jubileos se comenzaron a celebrar en el año 1300 y la periodicidad ha variado entre 100, 33, 50 y 25 años. A partir de 1475, la periodicidad entre Jubileos Ordinarios ha sido de 25 años, con dos excepciones a causa de las guerras napoleónicas. Desde 1875, cada 25 años se han celebrado estos Jubileos Ordinarios. [1]

Al Jubileo también se le llama “Año Santo”, porque es un tiempo en el que se busca de manera especial experimentar la santidad de Dios que nos transforma.

El Jubileo Ordinario que recién acabamos de finalizar, que fue convocado e inaugurado por el Papa Francisco y clausurado por el Papa León XIV, tuvo como lema “Peregrinos de Esperanza”. La santidad de Dios entonces, nos ha exhortado de manera especial en este Jubileo a transformar nuestras vidas para ser portadores y testigos de su esperanza.

Ahora bien, el Año Santo ha finalizado, las Puertas Santas se han cerrado. ¿Qué ha quedado en nosotros luego de este año? ¿La transformación es pasajera o está llamada a permanecer?

El Papa León XIV en su Mensaje de Navidad dijo: “Se cerrarán las Puertas Santas, pero Cristo, nuestra esperanza, permanece siempre con nosotros. Él es la Puerta siempre abierta, que nos introduce en la vida divina.” Este es un llamado a no dejar la vivencia del Jubileo Ordinario 2025 como una bella experiencia guardada en el baúl de los recuerdos. Si Cristo, nuestro centro, fuente de vida, permanece y está siempre con los brazos abiertos a la humanidad, también nosotros que hemos tenido esta vivencia transformadora iluminada por la esperanza hemos de continuar nuestra peregrinación. Como dice el Papa León XIV, “somos vidas en camino”.

En este sentido, la Iglesia que es madre y maestra, nos lleva de la mano en el peregrinar. Hemos iniciado el año 2026 en el Tiempo litúrgico de Navidad y ahora nos encontramos en el Tiempo Ordinario. La palabra ordinario podría interpretarse como algo de poca estimación o valor, algo rutinario o aburrido. Sin embargo, la palabra ordinario proviene del latín ordinarius derivando de ordo, ordinis (orden) y el sufijo -arius (pertenencia), es decir, «perteneciente al orden» o «dispuesto en orden». ¿Y cuál es ese orden? Pues ni más ni menos que el misterio de Cristo en su plenitud, ya que hacemos camino con Jesús profundizando en sus tres años de predicación, del anuncio y vivencia del Reino de Dios, de su invitación a la conversión y a su seguimiento. Es decir, Jesús nos muestra un camino de esperanza y nos invita a seguirle en esta ruta. Incluso el color litúrgico de este tiempo, el verde, manifiesta la esperanza. Es decir, Jesús nos invita a continuar siendo “peregrinos de esperanza”.



Sin embargo, pronto en este mes, el 18 de febrero, este Tiempo Ordinario se verá interrumpido por el inicio de la Cuaresma a la que seguirá la Pascua para retomar el Tiempo Ordinario el 25 de mayo, luego de Pentecostés. La ruta del peregrino de esperanza se verá profundamente inspirada por el Misterio Pascual de Cristo, que es el centro de la vida del cristiano. Jesús se encarnó para darnos nueva vida, para liberarnos del pecado y de la muerte. Con su pasión, muerte y resurrección Jesús renueva nuestra esperanza, y al retomar en mayo el Tiempo Ordinario, nos impulsa a dar testimonio de que la verdad, la paz, la justicia, la fiesta son posibles si le permitimos ser el centro de nuestra vida y ser el ancla esperanzadora que nos anima a dar testimonio de su amor.

Ahora bien, si bien es cierto en la vida es bueno estar siempre abiertos a lo inesperado, a lo que vaya aconteciendo para responder a nuestro peregrinar esperanzador, también será oportuno que busquemos identificar rostros concretos, situaciones específicas cercanas a nosotros en donde Jesús cuenta con que llevemos esperanza. De igual forma, también debemos recordar que no caminamos solos, sino que caminamos en comunidad. Somos miembros de la Iglesia y juntos nos acompañamos y animamos en el peregrinar.

Con estas ideas sencillas en la mente y en el corazón, no dejemos sólo en la memoria la hermosa experiencia que hemos tenido en el Jubileo Ordinario 2025, hagámosla vida, dejemos que la santidad de Dios nos siga transformando para ayudar a transformar a otros… ¡Sigamos siendo peregrinos de esperanza!

[1] Para saber más de la historia de los Jubileos: https://www.iubilaeum2025.va/es/giubileo-2025/giubilei-nella-storia.html





Meditación 





ENERO 2026


La esperanza como un regreso a la vida


 Claudia Tzanis Eissler
Santiago de Chile
Miembro de la Colegiata Ntra. Sra. del Cielo


La Navidad, más allá de su raíz religiosa, sigue siendo un tiempo que invita a detenernos. Incluso para quienes no profesan una fe, estas fechas abren un espacio para pensar el sentido de la vida, reconocer la fragilidad y renovar el deseo de seguir adelante. En un mundo marcado por la incertidumbre, la esperanza aparece menos como una promesa y más como una actitud profundamente humana.

La esperanza secular no nace de certezas, sino de una decisión: seguir apostando por la vida aun cuando no hay garantías. El poeta Adam Zagajewski lo expresó con sencillez: “La esperanza siempre toma la forma de un regreso a la vida”. Esperar, entonces, no es negar la dificultad, sino volver a vincularse con lo humano.

La filósofa Martha Nussbaum define la esperanza como la capacidad de ver posibilidades incluso cuando la evidencia es incierta. Desde esta mirada, no se trata de optimismo ingenuo, sino de imaginar horizontes y asumir la responsabilidad de construirlos. Esperar es un acto ético.

Simone Weil aporta una perspectiva singular al vincular la esperanza con la atención. Para ella, atender de verdad implica mirar la realidad sin evasiones. La esperanza auténtica no huye del sufrimiento ni lo disimula; se sostiene en una forma de resistencia silenciosa que nace de la lucidez y la compasión.

En la misma línea, Byung-Chul Han recuerda que la fragilidad no es un defecto, sino una apertura. Y Albert Camus, desde su ética del absurdo, deja una imagen poderosa: incluso en el invierno más profundo puede habitar un “verano invencible”. La esperanza no elimina la incertidumbre, pero permite habitarla.

El sociólogo Zygmunt Bauman advirtió que vivimos en tiempos líquidos, donde todo parece inestable. En ese contexto, la esperanza se vuelve un ejercicio exigente y, sobre todo, colectivo. No es seguridad, sino una forma de crear vínculos y sostener lo común en medio de lo cambiante.



Desde la filosofía oriental, la esperanza se desplaza del futuro al presente. Thich Nhat Hanh lo expresa con claridad: la verdadera esperanza no consiste en esperar algo, sino en habitar plenamente el ahora. El taoísmo, a su vez, invita a confiar en el fluir de la vida más que en el control.

Así entendida, la Navidad puede leerse como un rito cultural de renovación. No como una promesa mágica, sino como un recordatorio: la esperanza se construye. Rebecca Solnit lo resume al decir que esperar es apostar por lo que aún no se ve, pero que requiere de nuestra participación.

En tiempos complejos, la esperanza no es ingenuidad. Es una forma de resistencia ética, una manera de cuidar la vida y de sostener lo humano. Tal vez por eso, como un pequeño pájaro que canta incluso en la tormenta, la esperanza insiste. Y vuelve, una y otra vez, a tomar la forma de un regreso a la vida.


Meditaciones






DICIEMBRE 2025

 

¿Hemos “jubilado”?


 Pauline Lodder
Pineda de Mar
Miembro de la Colegiata Ntra. Sra. del Cielo


El 6 de enero 2026 llegaremos al final del año jubilar de la Esperanza, que la Iglesia católica convocó. Anteriormente se convocaba un Jubileo ordinario cada 50 años (actualmente cada 25 años). Esta tradición se origina en una costumbre relatada en el Antiguo Testamento, donde se establece que, tras siete ciclos de siete años, es decir, cada 50 años, se invita a un año de descanso. Un tiempo para detenerse, renovarse, rectificar injusticias y corregir desequilibrios en la sociedad, evitando así la perpetuación de desigualdades opresoras.

La cifra de 50 nos recuerda el tiempo pascual, los 50 días entre Pascua y Pentecostés: un tiempo de alegría, de encuentros con Jesús Resucitado y de apertura al don del Espíritu Santo. La vida de Jesús puede ser una fuente de inspiración para crear una sociedad más justa y feliz. Y el Espíritu Santo, soplo interior, nos puede dar fuerza y energía para cambiar de rumbo.



Los años jubilares despiertan la esperanza de un nuevo comienzo. Recuerdan que las cosas que hemos construido no son eternas, y que siempre hay posibilidad de cambiar reglas, actitudes, estilos de vida. Nos invitan a soñar una sociedad nueva, para un futuro diferente. 

Me pregunto: ¿Hemos “jubilado”? ¿Tenemos nuevos proyectos para efectuar cambios en la Iglesia, en la sociedad, en nuestras vidas? ¿Vamos a trabajar intensamente, con amor, para que haya más justicia y felicidad en nuestro mundo?.


Meditación




















NOVIEMBRE 2025

Optar por la esperanza. Reflexión inspirada en las palabras del Papa León XIV – Audiencia Jubilar a los Misioneros, 4 de octubre de 2025 con el tema: “Esperar es elegir. Clara de Asís”.



Optar por la esperanza




Anna M. Ollé
Miembro de la Colegiata Nuestra Señora del Cielo
Barcelona


Porque existo, estoy viva y soy consciente: comprendo que debo aportar algo al mundo. De lo contrario, no soy parte y destruyo con mi pasividad: una idea, un proyecto o una acción.

O vivo eligiendo y optando, o me consumiré en la pereza. O confío en la vida y lo existente, o me abandono a la desconfianza. O me abro al otro, sea ser humano o viviente, o lo veré como una amenaza. O soy resiliente para conectar y amar, o corro el riesgo de respirar miedo y odio. O soy gozo y alegría, o consiento que la tristeza se derrame sobre el universo. O tiendo una mano cuidadora, o la cierro y me encierro.

O sirvo para amar, o soy un estorbo en el camino de los otros y del mundo. O perdono, o me hundo en mis pensamientos y heridas. O construyo junto a otros, o destruyo el entorno y la armonía. O soy ente de paz, o la quiebro con algún tipo de violencia sutil.

Imagen canva

Elijo la esperanza que no apaga las brasas. Opto por bendecir y agradecer al diferente que me posibilita abrir el corazón. Opto por la sencillez en lugar de la opulencia; por la generosidad en lugar de atesorar.

Acojo el perdón que disuelve rencores; acojo la unidad que vence el egoísmo; acojo la compasión hacia todo ser viviente.

Si existo pudiendo no haber existido. Si reconozco que soy un ser humano. Si descubro que además soy libre, permito que el universo y mi propia conciencia me reclamen respuestas. Y para buscarlas y encontrarlas: necesito detenerme, poner el corazón abierto, contemplar lo que me rodea, meditar en silencio, abrirme al más allá.

La esperanza implica vivir amando. Y esperar en el amor, es elegir siempre la aceptación, el mejor bien y el amor que actúa, que sirve, que se entrega para cimentar algo mejor.

¿Algo mejor?. Sí, anhelo ser mi mejor versión: servir a la vida, contribuir a la justicia, la paz, a la protección y salvaguarda del ecosistema. Y, sobre todo, zambullirme en el misterio de un Dios-Amor que se manifiesta en nosotros.

La existencia consiste en elegir constantemente el amor. Esta es mi esperanza, y mi opción. ¡Que Santa Clara sea luz en este caminar!



Meditación




OCTUBRE 2025

¿Cuál es nuestra esperanza?

Toñi Ortiz
Miembro de la Colegiata Ntra. Sra. del Cielo
Madrid


En la actualidad se ha ido normalizando la difusión por los medios de comunicación de noticias relativas al cambio climático, al panorama político o económico, la inmigración, la guerra y sus consecuencias, entre otras, que generan desesperanza, incertidumbre, y a veces un sentir de pérdida de rumbo.

¿Pero qué es la esperanza, cuál es su alcance? Distinguiría dos planos: uno la esperanza como valor humano, y otro que lo trasciende, la esperanza como virtud teologal.

Como valor humano la esperanza sostiene ya nuestro presente, el aquí y ahora, pero está orientada a una expectativa de futuro que se abre fiable, pleno, con garantías de felicidad. La persona con esperanza tiene un horizonte de sentido que la alienta a construir, a ensayar estrategias, a marcar una hoja de ruta con metas, incluso pequeñas metas, en las que persevera.

Hoy en un mundo donde el individualismo, la división, el enfrentamiento, el aislamiento, se enraízan y destruyen a la persona, a los pueblos, sembrar esperanza, expandirla, es una exigencia para sobrevivir y hacer un futuro mejor. Por ello aunque la esperanza está en cada persona, y la hace resiliente en la adversidad, tiene una fuerte dimensión social, es dialogante y está llamada abrirse a las expectativas que otros grupos puedan ofrecer.

Imagen Toñi Ortiz


El papa Francisco en su catequesis nº 18 (2024-2025) afirma que la esperanza es una virtud teologal porque no emana de nosotros, “es un don que viene directamente de Dios”. Explicando la carta encíclica Spe Salvis de Benedicto XVI: “Sólo cuando el futuro es cierto como realidad positiva se hace llevadero también el presente”, afirmó que, si falta la esperanza, “todas las demás virtudes corren el riesgo de desmoronarse y acabar en cenizas” si no tenemos la certeza de “un mañana fiable, un horizonte luminoso, sólo quedará concluir que la virtud de la esperanza es un esfuerzo inútil”.

Esta perspectiva del Papa nos lleva a contemplar que necesitamos la luz de una esperanza más honda, “más grande” (Benedicto XVI), y que perseverar en nuestros caminos, abandonados a nuestras solas fuerzas, el valor humano esperanza acaba por perderse, o incluso puede caer en el fanatismo.

Siguiendo la reflexión del Papa Francisco “como cristianos nuestra esperanza no es por mérito propio, …cada cristiano cree en el futuro porque Cristo murió y resucitó y nos dio su Espíritu, es desde ahí como podemos afrontar nuestro presente”. La fe en su resurrección y la experiencia del amor con el que hemos sido salvados nos da la certeza de que ni los fracasos ni la muerte tienen la última palabra, y pese a las sombras que encontramos en la historia Cristo es una luz en nuestros caminos.

Junto a Él y muy cercana de nosotros está María su madre la que “guardaba todo en su corazón”. Es en la cruz, el viernes santo, cuando recibe de su Hijo la misión de ser madre de todos los que le siguen.

María en la oscuridad del sábado santo con Jesús muerto, cuando parecía haberse frustrado todo, guardó en su corazón la clara luz de la esperanza.

En María Clara Esperanza encontramos el gesto de una madre que nos acoge y alienta a esperar. Desde la elocuencia de su estar silencioso nos interpela a avivar esa llama de esperanza activa en nuestro mundo.



Meditación


SEPTIEMBRE 2025

 Caminando por la vida


 Pauline Lodder
Pineda de Mar
Miembro de la Colegiata Ntra. Sra. del Cielo


Hace unos años, en 2019, una amiga me propuso hacer juntas el Camino de San Benito. Se trataba de recorrer a pie unos 300 km por Italia, desde Nursia, donde nació San Benito, pasando por Subiaco, donde vivió retirado unos treinta años, hasta llegar a Montecassino, donde pasó la última etapa de su vida. Por temas laborales, vimos que teníamos días disponibles para realizar este proyecto en dos etapas, y así lo hicimos, sin imaginar en ese momento que pasarían seis años entre una y otra.

En general, cuando hay un camino, es porque alguien ya ha pasado por allí antes que tú. Seguir los pasos de San Benito, descubrir su forma de vida, fue un regalo en muchos sentidos. Me preparé leyendo su historia; el camino fue una manera de nutrirme del pasado, pero siempre avanzando, sin quedarme atrapada en el pasado.

Caminar implicó renunciar a instalarme; me recordó que cada día hay que dar pasos hacia la novedad del momento. La vida es una peregrinación…

Al ir a pie, el ritmo fue lento, adaptándome al suelo sobre el que caminaba. ¡Qué importante es tocar de pies a tierra!  No se puede hacer abstracción de la realidad.

Me caí tres veces durante el camino; me impactó muchísimo. De todas maneras, sé que lo importante no es el hecho de caerse. Lo importante es no quedarte en el suelo, lo importante es levantarte…

Llevar una mochila me hizo darme cuenta de que el peso que puedo soportar es limitado. Soy un ser limitado, y no puedo cargar con todo el peso del mundo…

Pasar días en medio de la naturaleza, sintiendo el sol, la lluvia y el viento sobre mi piel, disfrutando de la belleza de los árboles y las flores, me llevó a una actitud de agradecimiento por la creación y a un deseo más profundo de cuidar todo lo que existe.

Imagen Canva

Cuando en septiembre de 2019 llegamos a Nursia, nos encontramos con las ruinas del terremoto ocurrido allí un mes antes. Y cuando en abril de 2025 regresamos a casa, después de terminar la segunda etapa, nos sorprendió el caos causado por un apagón eléctrico que dejó a toda España sin luz durante 24 horas. Hubo seis años entre la primera y la segunda etapa del camino, porque la pandemia del COVID-19 trastocó nuestra planificación. Todo ello también forma parte de mi caminar por la vida.

Quizás lo más importante fue redescubrir que no camino sola por la vida. Caminaba con amigas, y también camino con Dios. En la Biblia hay muchas frases que indican que Dios camina con el ser humano… Confío profundamente en ello. Quizás por eso, mi vida es un sendero de esperanza, un caminar hacia una nueva humanidad que, a pesar de todas las dificultades, está surgiendo.

Fuente: Colegiata cielo en la tierra


Meditación