OCTUBRE 2026


Más corazón en las manos 


Remedios Ortiz
Médica
Madrid
Miembro de la Colegiata Nuestra Señora del Cielo


Es la expresión con la que San Camilo de Lelis animaba a cuidar de los enfermos y de los necesitados. El deseo de Camilo, fundador de la Orden de religiosos Camilos era crear una compañía de hombres que sirvieran a los enfermos voluntariamente y por amor a Dios, con el mismo amor que tiene una madre por su hijo enfermo.

San Camilo ya demostró la importancia de las manos como medio para transmitir presencia, proximidad y afecto. Cuidar con las manos, usar el sentido del tacto, quizás el más íntimo de nuestros sentidos, nos permite entender que somos cuerpo, seres vulnerables y necesitados de cuidados.

Hay gestos que hablan antes de que las palabras sean pronunciadas. A través de las manos se pueden expresar sentimientos que a penas alcanzamos a decir con palabras. Sostener, acompañar, bendecir, acariciar, ungir a través de las manos son acciones que encarnan realidades que nos acompañan ya la vez nos trascienden.

En los evangelios son muchas las ocasiones en las que encontramos cómo el tacto es el modo de comunicación principal. Jesús toca y se deja tocar. Comunica y sana con sus manos y con su presencia.

Abre los ojos al ciego tocándolos con barro y abriéndolos a la luz; incumple la ley y toca a los leprosos sanándolos y dándoles la dignidad de personas. Toma de la mano a la suegra de Pedro, toma la mano de la hija de Jairo, se deja tocar por una mujer de enfermas y la sana, lava los pies de los apóstoles y se deja ungir con perfume por una mujer. En todos los casos, Jesús realiza una sanación integral y les devuelve la dignidad de las personas, les transmite esa filiación de hijos del mismo Padre. En cada uno de estos episodios es a través de la acción de tocar que se da la posibilidad de encuentro y de sanación.

En los sacramentos también está presente el sentido del tacto. La imposición de manos, la unción con aceite, el agua del bautismo, incluso en el pan y el vino de la eucaristía hay una presencia de tocar, de saborear.




Y es que Dios no es ajeno a la materia, no rechaza el cuerpo si no que lo abraza y le infunde vida. “Y vio Dios que era bueno”.

En aquellas experiencias de cuidados por enfermedad, por fragilidad, de final de la vida la comunicación táctil se vuelve especialmente prioritaria y profunda. Es preciso entender una ética del cuidado que esté fundamentada en la libertad y el consuelo. Acercarse a ese cuerpo que se cuida con afecto, acogiendo el misterio de su biografía quizás desconocido; realizar las tareas de alimentación, higiene, cambios posturales desde el respeto y la ternura.
No son sólo las tareas que se realizan, son unas manos que reconocen y dignifican. En palabras de San Camilo de Lelis “Hay que poner corazón en las manos”

Rescatar el valor del tacto, aprender ese lenguaje silencioso de unas manos que saben tocar sin poseer, acercarse sin invadir y cuidar sin pedir nada a cambio nos permitirá ahondar en el significado de la esencia de lo que nos hace auténticamente humanos.


Meditación









SEPTIEMBRE 2026



Un tiempo para el SER


Elisabeth Juanola Soria
Periodista
Santiago de Chile
Miembro de la Colegiata Nuestra Señora del Cielo



La convocatoria del primer sábado de mes durante la mañana a “hacer silencio” es en parte una excusa para alentarnos en el propósito personal de vivir de manera más conectada con lo interior de cada uno de nosotros. Es un espacio abierto, no tiene una adherencia en cuanto a obligatoriedad, repaso de tareas, cobro… procura desprenderse de cualquier requerimiento previo. El único requisito es querer hacer silencio.

Empezamos hace varios años a realizarlas el primer sábado de cada mes, durante la mañana, actualmente les llamamos “yo consumo silencio”, como una manera de tomar conciencia de la importancia de invertir en el silencio.

No es una actividad dirigida, aunque se procura proveer de lápices de colores y mandalas, hojas en blanco, algún texto corto para reflexionar, y proponemos una sencilla metodología repartida en cuatro tiempos para quien quiera seguirla.

Metodología:

La metodología es libre y se realiza a solas y en silencio, propone repartir el tiempo en cuatro partes más o menos iguales y distinguirlas en una progresión que resumimos de esta manera:

Primer momento: Soltar Ruidos:

Anoto los temas pendientes en un papel y si alguno es muy urgente lo resuelvo antes de empezar este ejercicio. 

Segundo momento: Contemplo la belleza

Abandonar en el silencio. Si gustas haces oración, lees, pintas, caminas, escribes y descubres la Belleza, la contemplas y admiras. Somos parte de la creación, sientete criatura. 

Tercer momento: Contemplo amorosamente mi vida.

Contemplo con amor mi acontecer diario, familia, trabajo, proyectos… ¿Qué veo?, ¿cómo me veo?, ¿puedo mejorar algunas cosas?, las añoto. Me adelanto a la esperanza.

Cuarto momento: Tomo la lista que escribí al inicio con todos los pendientes y los priorizo, también a la luz de haber contemplado amorosamente mi vida.

¿Qué tengo que restaurar, reparar, resignificar?; ¿Qué primer paso se atreverá este domingo para ello?.



Romper las inercias del ruido no es fácil.

Efectivamente, si bien el silencio es un bien inmaterial, sin costo y de aparente fácil acceso, no es fácil detenerse, mirar, escuchar, poner un tiempo para ello. Tener “una cita” con el silencio y quizás el hecho de que me convoquen y quizás el hecho de que habrá otros… ayuda.

Estamos rodeados de obligaciones, además de que la ciudad es en sí ruidosa, también lo es nuestra cabeza con sus recordatorios a hacer… cosas, a llenar las horas. Estar solo y no tener nada que hacer es desolador, pero también es una manera de ver la vida. Otra es buscar y acostumbrar momentos de silencio en soledad y aprender a gozar de ellos, encontrar el sentido, el regalo de ver más, y conectarse con el SER. Esta segunda opción, requiere realizar un camino.

El silencio es sanador

Todos cargamos con fardos más o menos pesados, heridas, algunas más visibles que otras, pero en su interior, cada uno conoce esas aristas y durezas que la vida nos enfrenta y nos las vamos “tragando”. No todos tenemos las mismas herramientas o las sabemos usar. El hacer y compartir el silencio, nos coloca en un camino en conjunto para ello y vamos soltando y cambiando el pesar por la alegría y la sanación, el amor, la paz y la esperanza.

Eso sí, depende de cada uno. Es una tarea personal e intransferible.







Meditación





JULIO 2026


¿Podemos dotar de mirada a la inteligencia artificial?


Esther Borrego Linares
Trabajadora social - Barcelona
Miembro de la Colegiata Nuestra Señora del Cielo

¿Cómo miramos a las personas? Aquí está la clave cuando nos ponemos delante de alguien, ya sea como profesional, voluntaria o simplemente como vecina. Sí, eso lo aprenderé muy pronto, seguramente en casa, quizás en aquellos paseos en los que, aun tímidamente, ya veíamos a personas de otros lugares, con otras costumbres.

Con los años, esta realidad se ha hecho más evidente en nuestro país y en el mundo: cada vez vemos más desigualdades con nombre e historia. Cada una corresponde a una persona, a una vida.

De repente, una mirada concreta me hizo entender lo que significa esta evidencia: la mirada de una mujer y de otras que, como ella, miran a cada persona reconociendo toda su dignidad, esa que nada ni nadie puede poner en duda y, mucho menos, arrebatar.

Sin estas miradas particulares, que nos recuerdan algo tan claro que deberíamos tener plenamente interiorizado —que toda persona tiene una dignidad por el simple hecho de existir—, el mundo se vuelve más frágil y genera más injusticia, más sufrimiento y más desigualdad.

Hace unos años, visitando una exposición sobre inteligencia artificial, me impresionó especialmente, entre otros aspectos, el testimonio de una mujer que mostraba cómo la IA discriminaba de forma recurrente determinados rasgos faciales en los sistemas de reconocimiento: al analizar rostros de mujeres frente a los de hombres, especialmente cuando se trataba de mujeres afrodescendientes. Por ejemplo, al presentar un currículum para un puesto de trabajo pueden concurrir dos motivos de discriminación: el género y el origen.

Ya nos alertan algunas personas expertas, como Enric Madrigal, de que no podemos seguir pensando que la tecnología es neutra: «No es un recipiente vacío esperando a ser llenado con ética». No podemos entenderla únicamente como un instrumento, sino como algo que «organiza el mundo desde un marco concreto y define qué aparece como relevante y qué queda relegado».

Ante esto, está claro que la IA puede posibilitar unas cosas y limitar otras, como el acceso de determinadas personas —en concreto, de mujeres con ciertos rasgos— a algunos puestos de trabajo. Así, las mujeres pueden verse fácilmente relegadas a tareas de cuidado y no acceder a puestos de dirección o liderazgo.

Todo ello lleva a constatar el conflicto que surge —y que ya vemos en el mundo en que vivimos— cuando «una cultura, comunidad o persona no encaja en esta visión o no quiere participar: rápidamente se la tacha de resistencia al cambio… Esto implica que otras formas de entender el tiempo, la presencia, el cuerpo, la comunidad, la palabra o el límite no son aceptados», como continúa señalando Madrigal.

Entonces me pregunto: si la tecnología ha sido creada por personas concretas, con determinadas características y una determinada visión del mundo, ¿no ha venido a resolver lo esencial?

Estamos en un momento decisivo y no podemos pensar que todo se resolverá por sí solo. Sabemos que la inteligencia artificial no es neutra, que refleja lo que somos como sociedad, y que, por ahora, lo hace desde un mundo lleno de conflictos y desigualdades. La IA puede apoyarnos en muchas tareas, pero no puede decidir hacia dónde queremos ir como humanidad. Debemos responsabilizarnos, colectivamente, de las decisiones que hay que tomar: de la sociedad que queremos construir, del mundo que queremos dejar a nuestros hijos e hijas, de las relaciones que queremos que nos constituyan, de cómo queremos que nos cuiden cuando lo necesitemos, de a quién queremos mirar y cómo queremos ser mirados.

En la primera encíclica del papa León XIV, Magnifica humanitas, se nos recuerda que «en la era de la inteligencia artificial, en la que la dignidad humana corre el riesgo de verse eclipsada por nuevas formas de deshumanización, tenemos el deber de permanecer profundamente humanos, custodiando con amor esa magnífica humanidad». Y aquí aparece otra clave para un mundo más humano: el amor. Es necesario un corazón abierto al otro.

Toda persona, se encuentre en la situación que se encuentre y lleve la mochila vital que lleve, cuando la miramos a los ojos nos permite descubrir la profundidad de una dignidad que permanece intacta, por mucho que haya sufrido o disfrutado, luchado, vivido, atravesado mares o, simplemente, una calle. Cada persona es y será inmensamente digna para los demás. Pero solo podemos verlo si somos capaces de mirar lo más profundo de ella. Y, si al mismo tiempo nos encontramos mutuamente en esa mirada, estaremos haciendo posible la construcción de un vínculo transformador.


Quizás debamos ser capaces de comprender y creer que solo desde una mirada amorosa hacia uno mismo y hacia el otro podremos ir construyendo estos vínculos, en nuestro trabajo diario y en nuestro camino por la vida. Entonces sí, solo entonces, nuestra aportación a un futuro mejor será posible y fecunda.

Creo, sinceramente, que solo una mirada limpia y amorosa puede ser la clave para reducir las grandes desigualdades que hemos generado. Pero mi incógnita sigue siendo esta: ¿cómo dotar de mirada a la tecnología? ¿Y cómo dotarla de amor?

No tengo respuestas. No sabría por dónde empezar. Pero sí estoy convencido de que es necesario que seamos responsables en lo pequeño para poder generar cambios que hagan posible en otro mundo. Como nos decía el querido Arcadi Oliveres: «No podemos perder la esperanza».



Meditación







JUNIO 2026


La esperanza, una disposición interior


Cori de Dalmau
Miembro de la Colegiata Ntra. Sra. del cielo
Mataró


Dicen que morimos como hemos vivido. Si hemos vivido con miedos, morimos con miedos; si hemos vivido con confianza o afrontado la vida con serenidad, afrontamos la muerte de la misma manera. Pero lo que siempre ocurre, o al menos así lo he vivido yo, es que las personas que nos dejan siempre nos enseñan y se convierten en maestros para quienes los acompañan, maestros de vida.

Recientemente experimentó la muerte de un familiar muy cercano. Le diagnosticaron una enfermedad con un pronóstico desfavorable. Probablemente pasó por algunas de las etapas descritas por E. Kübler-Ross: la etapa de la pérdida (negación, ira, depresión), en la que se teme perder lo que consideramos nuestra identidad; la etapa de la rendición (aceptación, entrega, soltar), que no se vive como una derrota, sino como una fuerza mayor que no depende de nosotros mismos; y, por último, la etapa de la trascendencia, más allá de nuestros límites, más allá de nosotros mismos. Y seguramente muchos de estos momentos se repitieron a lo largo del tiempo.

Pero quiero centrarme en lo que me enseñó y en lo que percibí en su forma de vivir y afrontar la enfermedad: una lección de vida y esperanza, una disposición interior ante la enfermedad, el sufrimiento y la fragilidad humana.

Comprendí la esperanza de una nueva manera, no como la proyección de un futuro mejor ni como un deseo mental, sino como una forma de caminar, como una fuerza que lleva a vivir el momento presente, a habitar plenamente el ahora. Una esperanza que no se espera, sino que se encarna, porque permite que la Presencia que habita en nosotros se manifieste.

Cuando se vive un tiempo marcado por la incertidumbre y la fragilidad, como es la enfermedad, hablar de esperanza no es una ilusión ingenua, ni un optimismo superficial de que todo saldrá bien, ni una evasión de la realidad, sino una forma profunda de habitarla.

La esperanza es una actitud interior, una disposición, y nace cuando la persona acepta su vulnerabilidad y confía en que la vida no se agota en lo que vemos. Esperar implica vivir en el presente, no esperar pasivamente.

La esperanza, aunque todo invita a cerrarse, abre un espacio interior donde el dolor puede ser acogido sin convertirse en desesperación. Abre a descubrir una fuerza inesperada que ayuda a seguir adelante, a habitar el presente con confianza, a seguir amando y viviendo, incluso cuando el camino es incierto. Abre a una realidad mayor que está actuando, sabiendo que no caminamos solos y que, incluso en la noche, algo —o Alguien— sigue sosteniendo nuestras vidas.
La esperanza es humilde, es un acto de rendición. La esperanza se convierte en confianza en la vida, en los demás y en Dios. «La esperanza no defrauda, ​​porque Dios, al darnos el Espíritu Santo, ha derramado su amor en nuestros corazones» (Rm 5,5).

El filósofo surcoreano Byung-Chul Han dice: «La esperanza ensancha el alma porque transforma el presente desde dentro. La esperanza actúa como una fuerza expansiva que abre espacios interiores donde antes solo había contracción». Es la capacidad de acoger lo que aún no es, de hacer sitio a lo imposible, permitiendo que el alma respire más allá de los límites impuestos por la realidad actual. Al ensancharse, el alma recupera su amplitud original y se vuelve capaz de contener más vida, más posibilidad, más alteridad. No niega el sufrimiento o las crisis, sino que lo atraviesa con una confianza radical en lo abierto.

La esperanza, para mí, es el espíritu que resiste a la clausura de «no hay alternativa» y afirma, en silencio, pero con firmeza, que siempre hay un más-allá de lo dado. Cuando el alma se ensancha, el ser humano deja de agotarse en la repetición de lo mismo y comienza a habitar un tiempo cualitativamente distinto: un tiempo amistoso, lento, lleno de promesas. En ese ensanchamiento nace la verdadera libertad, la que no necesita dominar ni explotar, sino simplemente dejar ser.


Quien permite que su alma se ensanche no solo se salva a sí mismo, sino que abre un horizonte para los demás. La esperanza no promete un futuro paraíso; hoy promete un alma más grande, capaz de amar, de contemplar y de crear mundos nuevos. Y en esa amplitud tarde el optimismo más profundo: la certeza de que, mientras haya esperanza, la vida siempre podrá ser más ancha que cualquier opresión».

Y, por último, decir que no todo al final de la vida es visible. Hay movimientos internos y procesos sutiles que no siempre pueden medirse ni nombrarse, pero que están ahí: en la mirada que se apaga, en la presencia que se va retirando lentamente. El morir no ocurre en un instante, sino que se despliega como un proceso. Sostener estos procesos invisibles con respeto, sin invadir, sin llenar de ruido y palabra, y estar presente significa también dar espacio a aquello que no comprendemos del todo.

Esto es amar; esto es un acto de amor de las personas más cercanas y que más aman a quien nos deja. Una presencia que no se retira, que no exige, que no huye del dolor, que no busca imponer ni dar sentido, sino que sostiene, que mira con ternura y deja que el amor haga su trabajo silencioso.




Meditación


Enlace a la  Audiencia jubilar 6 septiembre 2025