La esperanza como un regreso a la vida
Claudia Tzanis Eissler
Santiago de Chile
Miembro de la Colegiata Ntra. Sra. del Cielo
La Navidad, más allá de su raíz religiosa, sigue siendo un tiempo que invita a detenernos. Incluso para quienes no profesan una fe, estas fechas abren un espacio para pensar el sentido de la vida, reconocer la fragilidad y renovar el deseo de seguir adelante. En un mundo marcado por la incertidumbre, la esperanza aparece menos como una promesa y más como una actitud profundamente humana.
La esperanza secular no nace de certezas, sino de una decisión: seguir apostando por la vida aun cuando no hay garantías. El poeta Adam Zagajewski lo expresó con sencillez: “La esperanza siempre toma la forma de un regreso a la vida”. Esperar, entonces, no es negar la dificultad, sino volver a vincularse con lo humano.
La filósofa Martha Nussbaum define la esperanza como la capacidad de ver posibilidades incluso cuando la evidencia es incierta. Desde esta mirada, no se trata de optimismo ingenuo, sino de imaginar horizontes y asumir la responsabilidad de construirlos. Esperar es un acto ético.
Simone Weil aporta una perspectiva singular al vincular la esperanza con la atención. Para ella, atender de verdad implica mirar la realidad sin evasiones. La esperanza auténtica no huye del sufrimiento ni lo disimula; se sostiene en una forma de resistencia silenciosa que nace de la lucidez y la compasión.
En la misma línea, Byung-Chul Han recuerda que la fragilidad no es un defecto, sino una apertura. Y Albert Camus, desde su ética del absurdo, deja una imagen poderosa: incluso en el invierno más profundo puede habitar un “verano invencible”. La esperanza no elimina la incertidumbre, pero permite habitarla.
El sociólogo Zygmunt Bauman advirtió que vivimos en tiempos líquidos, donde todo parece inestable. En ese contexto, la esperanza se vuelve un ejercicio exigente y, sobre todo, colectivo. No es seguridad, sino una forma de crear vínculos y sostener lo común en medio de lo cambiante.
Desde la filosofía oriental, la esperanza se desplaza del futuro al presente. Thich Nhat Hanh lo expresa con claridad: la verdadera esperanza no consiste en esperar algo, sino en habitar plenamente el ahora. El taoísmo, a su vez, invita a confiar en el fluir de la vida más que en el control.
Así entendida, la Navidad puede leerse como un rito cultural de renovación. No como una promesa mágica, sino como un recordatorio: la esperanza se construye. Rebecca Solnit lo resume al decir que esperar es apostar por lo que aún no se ve, pero que requiere de nuestra participación.
En tiempos complejos, la esperanza no es ingenuidad. Es una forma de resistencia ética, una manera de cuidar la vida y de sostener lo humano. Tal vez por eso, como un pequeño pájaro que canta incluso en la tormenta, la esperanza insiste. Y vuelve, una y otra vez, a tomar la forma de un regreso a la vida.
Meditaciones


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